–Me encanta Haruki Murakami. – grité en medio de aquel café librería.
El reclamo funciona. Se
llama Anna, pronunciado an-nah. Me invita a comer sushi. Acepto.
Detesto el sushi en acto, pero no en potencia. El paso de acto a
potencia es tan sencillo como el paso de “Anna acto” al de Anna y
yo a plena potencia. Contemplando esa posibilidad -antes de acudir a
la cita- pego sobre mi cama un póster bien grande de Charles
Chaplin. Imposible fracasar.
Con
“ a Murakami no le dan el Nobel porque es chino” creé el momento
más tenso de la noche. Pero aprendo rápido, y dejo “el sashimi me
gusta bien pasado” para la intima relación cocinero-cliente. Son
las doce, y hacemos el acto con potencia. Sudamos wassabi, entre
besos de anisakis, bajo la supervisión atenta de un descolorido
judío mudo.
Desperté
y ya no estaba. Mientras vomito salsa de soja y dos litros de saque,
lo tengo claro: la amo. Por ello me propongo no contarle nunca la
verdad. Debo documentarme de inmediato, crear mi personaje a la
perfección y conseguir una caja de Álmax.
Superada
la acidez, lo más inmediato es la apariencia cotidiana. Compro un
termo y me dedico a caminar muy rápido, sujetándolo y mostrándolo
en los límites de la hipérbole. Paradita. Sorbo. Resoplo. Carrera.
Escribo un twit -"Hola, soy nuevo. Cómo va esto??"-. Sorbo de nuevo. Amo su asa de goma, su cuerpo plateado, babeo su tapa. Está vacío, claro. Si me
tomara esa cantidad de café es probable que acabara inconsciente en
un after de travelos. Y me gusta estar en plenas facultades cuando
voy ese tipo de sitios.
En
una tienda de segunda mano, pillo todos los DVD de Dragon
Ball. Poco a poco me siento más cercano al imaginario de
Murakami. Y siempre quise tener la saga del vigésimo primer torneo
de artes marciales, momento que Toriyama -de este chino controlo
bastante más- jamás igualará en frescura.
Empiezo
a leer un libro de Haruki en la biblioteca. Qué coñazo. ¡Menos mal
que tengo mi termo! ¿Por qué cuatro canguros? ¡¿POR QUÉ?!
Calma... Tanta cafeína imaginaria te ha puesto nervioso... Quizá no
lo entiendas porque eres un puto burro que sólo lee el Facebook. Ni
siquiera Twitter, que abriste uno y ni zorra ni lo usas... ¿Por qué 140
caracteres? ¡¿POR QUÉ?!
Entre
temblores salgo de la biblioteca. Minutos después estoy frente a la
tele, creando -de forma inconsciente- grandes falos en Minecraft.
Hoy no me divierte. Espera, espera... ¿Y si Minecraft nunca fue divertido? ¡Oh, Dios! ¡Mi
mundo entero se desmorona!
Con
mis últimos dos euros compro una bolsa de picoteo en el chino de mi
barrio - otro chino más y juro que... - y camino por el parque, poniendo mi cara más zen. Tres cuervos me arrebatan la merienda, graznando:
¡Doritos!
¡Doritos!
¡Doritos!
Antes
de que pudiera decir “cool cream cheese”, terminaron con todo y
vinieron a por mi. El pico negro de uno de ellos me arranca parte de
mi amada oreja izquierda. Sangro. Mucho. No puedo morir aquí,
sucumbiendo ante alimañas por defender un snack tex-mex.
– ¡Nevermore! ¡Nevermore! ¡Nevermore!
¿Qué
demonios? Un anciano con mochila logra
ahuyentarlos, pronunciando muy mal el inglés.
– Recuerda, la depresión se cura en Amazon. – Y al terminar la frase, se pierde entre la niebla. (Sí, había niebla).
De
esto ya hace cinco meses. Echando la vista atrás, todo parece menos
duro. Gracias a ella, ahora soy poeta y community manager. Nos
va tan bien que sólo nos alimentamos de comida exótica. Poco a poco
me ha contagiado su vitalidad creativa. Ya no finjo, y a penas le
guardo secretos. De echo, sólo hay un rincón de mi -nuestra, se
instaló aquí ayer- casa que le he prohibido: el baúl violeta.
Dentro, una caja de cartón marrón, el recibo paypall y la
versión hentai de Kafka en la Orilla.
EDITO:
Hoy me he tatuado una estrella como la de Anna. Tiene dos, una para
nunca olvidar a su padre y otra para recordar lo que le gusta el
tabulé. La mía es en honor de Sakura y Saeki,
desnudas en la biblioteca de Takamatsu mientras Oshima las mira...
¡Adoro a Haruki Murakami!


No hay comentarios:
Publicar un comentario