martes, 24 de marzo de 2015

Me encanta Haruki Murakami

 –Me encanta Haruki Murakami. – grité en medio de aquel café librería.



Es mi técnica para ligar. Nadie ha llamado a la policía, como la última vez. De momento. 

El reclamo funciona. Se llama Anna, pronunciado an-nah. Me invita a comer sushi. Acepto. Detesto el sushi en acto, pero no en potencia. El paso de acto a potencia es tan sencillo como el paso de “Anna acto” al de Anna y yo a plena potencia. Contemplando esa posibilidad -antes de acudir a la cita- pego sobre mi cama un póster bien grande de Charles Chaplin. Imposible fracasar.

Con “ a Murakami no le dan el Nobel porque es chino” creé el momento más tenso de la noche. Pero aprendo rápido, y dejo “el sashimi me gusta bien pasado” para la intima relación cocinero-cliente. Son las doce, y hacemos el acto con potencia. Sudamos wassabi, entre besos de anisakis, bajo la supervisión atenta de un descolorido judío mudo.

Desperté y ya no estaba. Mientras vomito salsa de soja y dos litros de saque, lo tengo claro: la amo. Por ello me propongo no contarle nunca la verdad. Debo documentarme de inmediato, crear mi personaje a la perfección y conseguir una caja de Álmax.

Superada la acidez, lo más inmediato es la apariencia cotidiana. Compro un termo y me dedico a caminar muy rápido, sujetándolo y mostrándolo en los límites de la hipérbole. Paradita. Sorbo. Resoplo. Carrera. Escribo un twit -"Hola, soy nuevo. Cómo va esto??"-. Sorbo de nuevo. Amo su asa de goma, su cuerpo plateado, babeo su tapa. Está vacío, claro. Si me tomara esa cantidad de café es probable que acabara inconsciente en un after de travelos. Y me gusta estar en plenas facultades cuando voy ese tipo de sitios.

En una tienda de segunda mano, pillo todos los DVD de Dragon Ball. Poco a poco me siento más cercano al imaginario de Murakami. Y siempre quise tener la saga del vigésimo primer torneo de artes marciales, momento que Toriyama -de este chino controlo bastante más- jamás igualará en frescura.

Empiezo a leer un libro de Haruki en la biblioteca. Qué coñazo. ¡Menos mal que tengo mi termo! ¿Por qué cuatro canguros? ¡¿POR QUÉ?! Calma... Tanta cafeína imaginaria te ha puesto nervioso... Quizá no lo entiendas porque eres un puto burro que sólo lee el Facebook. Ni siquiera Twitter, que abriste uno y ni zorra ni lo usas... ¿Por qué 140 caracteres? ¡¿POR QUÉ?!



Entre temblores salgo de la biblioteca. Minutos después estoy frente a la tele, creando -de forma inconsciente- grandes falos en Minecraft. Hoy no me divierte. Espera, espera... ¿Y si Minecraft nunca fue divertido? ¡Oh, Dios! ¡Mi mundo entero se desmorona!

Con mis últimos dos euros compro una bolsa de picoteo en el chino de mi barrio - otro chino más y juro que... - y camino por el parque, poniendo mi cara más zen. Tres cuervos me arrebatan la merienda, graznando:

¡Doritos!
¡Doritos!
¡Doritos!

Antes de que pudiera decir “cool cream cheese”, terminaron con todo y vinieron a por mi. El pico negro de uno de ellos me arranca parte de mi amada oreja izquierda. Sangro. Mucho. No puedo morir aquí, sucumbiendo ante alimañas por defender un snack tex-mex.

– ¡Nevermore! ¡Nevermore! ¡Nevermore!

¿Qué demonios? Un anciano con mochila logra ahuyentarlos, pronunciando muy mal el inglés.

– Recuerda, la depresión se cura en Amazon. – Y al terminar la frase, se pierde entre la niebla. (Sí, había niebla).

De esto ya hace cinco meses. Echando la vista atrás, todo parece menos duro. Gracias a ella, ahora soy poeta y community manager. Nos va tan bien que sólo nos alimentamos de comida exótica. Poco a poco me ha contagiado su vitalidad creativa. Ya no finjo, y a penas le guardo secretos. De echo, sólo hay un rincón de mi -nuestra, se instaló aquí ayer- casa que le he prohibido: el baúl violeta. Dentro, una caja de cartón marrón, el recibo paypall y la versión hentai de Kafka en la Orilla.


EDITO: Hoy me he tatuado una estrella como la de Anna. Tiene dos, una para nunca olvidar a su padre y otra para recordar lo que le gusta el tabulé. La mía es en honor de Sakura y Saeki, desnudas en la biblioteca de Takamatsu mientras Oshima las mira... ¡Adoro a Haruki Murakami!



No hay comentarios:

Publicar un comentario