sábado, 25 de abril de 2015

Feria del libro 2015, Salamanca.

-¡Los libros me enseñaron a amar! ¡Jódete, internet!- con ese grito del alcalde quedó inaugurada la feria del libro. 


Aplaudo. También diez chavales que están a mi lado con globos del PP, metiéndose speed, mientas una cámara de La Sexta los graba para hacer un documental sensacionalista: Libros y Éxtasis, ¿Dos Drogas Letales? #LibrosYExtasisDroga

"Viva Ssssssssalamanca". El hombre sin dientes, sangrando por las encías, con un ojo de cristal sucio, hace que toda la plaza mayor enloquezca. "¡Viva!". Y vuelve, con un seseo insoportable "¡viva Ssssssss..."

El Ssssss del tren me había despertado al llegar, interrumpiendo la proyección onírica de una mujer desnuda y gorda, que emergía del Tormes para fustigarme. En aquel momento todavía no creía en los sueños precognitorios. En aquel momento sólo trataba de disimular mi erección... El tren frenaba. SSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSssssssssshhhhhh...

"...sssssssssssssssssalamanca!" Vuelvo en mi, y veo libros de viejo y de nuevo, libros mínimos y enormes, revistas y cómics...Veo una caseta de blogers famosos. Y un montón de jóvenes babeantes aspirantes también a blogstars, pero sin gafas de pasta -os he calado, novatos- , con su estilo barroco (pero ¿qué joven bloger no lo es?) y su vacío existencial. Que me importa una mierda, porque apesta... Sí, de hecho sí... apesta... pero no, no es eso... No es su síndrome de... No...

Un fuerte olor. Un olor a azufre y agua estancada. Un olor que podría pertenecer al mismísimo Satán. Al menos si Satán comprara cartas de Yu-Gi-Oh!, atusándose la coleta y rascándose los granos que una pubertad con treinta años de retraso le tiene toda cara comida. El sol derrite el pus de sus arterias, le hace cosquillitas, ríe como un cerdo. Oinc snfnshnsh ¡¡¡¡hiiiiiiiiiiiiii!!!!

Náuseas. Me siento. Mis nalgas agradecen el fresco que siempre desprenden los cajeros. Cierro los ojos. Intento olvidar la feria del libro y pensar en algo agradable. Colinas, cascadas, iPads, muchos iPads... Pero vuelve a mi el temor y el temblor. No es una ilusión: cientos de caminantes  con ropas rotas y  gesto difuminado desfilan sonámbulos, lentos y sin voluntad, cargados con manuales de autoayuda: Yoga para Torpes, Internet para Torpes, Veganismo para Torpes, Juego de Tronos para Más Torpes... Entre ellos, una chica rubia que no está infectada del todo. Abraza un único tomo: Estrategias Sobrenaturales para ser Moderna de Pueblo en una Invasión Zombie. Su portada preciosa anuncia poco texto y mucho diseño gráfico. Un libro fresco, entretenido, con una única pretensión: sacarte los euros de las entrañas.

Un mendigo comparte mi gusto por los cajeros, y se sienta junto a mi. Me incomoda. Empieza a rozar el dorso de sus nalgas con las mías, y su tez tostada por la falta de higiene me regala una sonrisa amarillenta que dura poco. Mi entrepierna se calienta. Y se humedece. El vómito de vino barato y altramuces sin digerir me ha manchado la cremallera, el cinturón y... ¡joder! ¿me está tocando? ¡Sí! ¡Me manosea como a una fulana! ¡Corro!

En la persecución se le unen cuarenta guiris corriendo muy sonrientes, pensando que van a soltar un toro en cualquier momento. Y que, en caso de hacerse, esas ridículas armaduras hechas con libros de Hemingway salvarán sus vidas. 

Pero conozco la ciudad mejor que cualquier homosexual homeless o turba alemana. Esquinazo. Las nubes tapan el sol, y me quedo en una oscuridad incierta, en un callejón con una trampilla abierta. Los cuervos discuten en su antiguo idioma. Y yo soy tan gilipollas que me meto por la trampilla. 

Es un pasillo húmedo, con antorchas encendidas a los lados. Y entre ellas, carteles del concejal de cultura con gorguera y una gorra de los Yankees. Me mira desafiante, y las letras en comic sans están claras: 

TRABAJANDO POR LA CANDIDATURA 
"SALAMANCA, CIUDAD DE LA LITERATURA". 

Un escalofrío sube por mi espina dorsal, fruto de la incertidumbre que me causa el eslogan... ¿El verso es casual? ¿Deliberado? ¿En serio?

Ruidos de engranajes, olor a parafina y el sonido reiterativo de los gusanos moviéndose entre las piedras. Miles. Cientos. Millones de gusanos obesos me miran, oigo sus risas. Los odio... Los... ¿Pero qué coño? 

-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaarghhhh!

Alaridos. Alaridos humanos. Se masca el dolor. Alguien sufre, Muchos sufren. Un valor que ignoraba tener, aflora. Mis piernas corren. Tengo que salvar a esa gente. Quiero salvar a esa gente. Un crujir agudo. Los oídos me pitan, pero corro. Sudo. Jadeo. Llego y... ¡Horror! Una gran sala sembrada de mesas, con hombres esqueléticos encadenados a las sillas. Los Macs encendidos durante muchas horas, y posits anaranjados por el uso que se caen de ellos como lo hacen las hojas en otoño. Y lo peor: una vieja. Una vieja grande. Una vieja grande y gorda, desnuda por completo, les azota con un látigo de diez cabezas, mientras que recita Cincueta Sombras de Grey una y otra vez.

Mi mente se descompone ante una visión tan horripilante. Entre constantes desmayos, logro salir con vida. Se que nunca seré el mismo, y veo palabras, letras, caras de hombres en blanco y negro con pashminas, fumándose todos los premios planeta del mundo sin filtro. Empiezo a reír, río como un loco alcoholizado. Y por ello no llamo la atención en el centro de la ciudad. Esto es Salamanca... Sssssssssalamanca... ¡Ja, ja, ja! Las carcajadas invaden también mi pensamiento. Un momento de lucidez me permite entrar en un local de la plaza mayor... Sí. Comer algo me vendrá bien. Igual no es locura, igual es sólo un bajón de azúcar. Para combatirlo, decido pedirme mi postre tradicional charro preferido: helado de yogur con mucho topping de M&M´s. Mientras como aun me siento confuso, como si la realidad pasara como alguien que ojea un libro y pretende entender lo que dice. Necesito ayuda. ¡Mamá! Ella siempre está ahí, y saco el teléfono. Tengo una notificación de Instagram. A duras penas coordino mis manos, pero logro abrir la App. Actualizo y...

¡Dios bendito de mi vida! ¿Por qué?... Fotos... Infinitud de fotos de mis amigos... Mis amigos con... ¡Libros! ¡No! ¡No puede ser! ¡Mis amigos comprando libros! ¡LIBROS! ¿Ha enloquecido el mundo? ¿Donde están los muffins? ¿DONDE ESTÁN LOS GATOS?


viernes, 27 de marzo de 2015

Las Contraseñas del Führer


Pantalla del PC de Adolf:
STEAM. CALL OF DUTY: POLONIA. POR 9.347.520.032 AHORA SÓLO 8.775.388.088 RM.

Hitler, impaciente, introduce su cuenta de Steam y sus datos de pago.

EL PAGO NO HA PODIDO REALIZARSE.
Se limpia el sudor con la faja de Eva Marrón. El O Fortuna hace temblar los cristales. La vecina de abajo golpea su techo con la escoba. Nada impide que el Führer entre en la página de Caja Duero. Pero... ¡No recuerda su contraseña de cliente! No es "Wagner88" ni "eva8===D". ¡Maldición! 


HITLER: ¿Sí?
EDITOR: ¿Mein Führer?
HITLER: Sí, soy yo.
EDITOR: ¿Recibió la impresión de muestra de Mein Kampfffffffff?
HITLER: Sí.
EDITOR: ¿Y qué le parece?
HITLER: ¿Times New Roman? ¡¿Times New Roman, cabeza de chucrut?!
 EDITOR: Es el estandar...
HITLER: ¡Arial! ¡Ariaaaaaaaaaaal! ¿Cuántas veces lo tengo que repetir? ¡ARIAAAL!
Al colgar rompe el teléfono. Con paso marcial llega a su habitación. Aparta los números de Mens Health que hay sobre el colchón, se coloca los auriculares del iPad, enciende el iPad, enciende la Play, enciende el televisor, se conecta al PlayStation Network, mira con asco un póster de un marroquí con birrete jugando a la XBOX. Todo en ese orden. ¡Ah! También conecta el skype en el iPad, que de esa contraseña si se acuerda el jodío (he dicho "jodío").

HITLER: ¡Vamooooos! ¡Contestaaaa!
Tras unos minutos de angustiosa espera, al fin una voz (con acento andaluz), responde. 

ROOSEVELT: ¡Quilloh! ¿Ze pueh zabé poh qué me llamah a estah horah?  
HITLER (soliloquio): ¡Osti! ¡La diferencia horaria! Perdona, mein Franklin... Era para saber si pensáis meteros en la guerra. 
ROOSEVELT: Ozú que pereza, ¿no? (risas). ¿Argo má, mai darlin? 
HITLER: No... No... No, nada más... 
ROOSEVELT: Uuuuuuuuuh... A ti te pasa argo y no me lo quiere desih 
HITLER: No, tranquilo... yo...  
ROOSEVELT: Mushasho, er salero que tiene cuando te subeh a tuh barcone a dar discursoh sobre la grandesa de Alemania y el erreashe negativo, y lo vergonzoso que te poneh ahora. Arsa, dímelo ¡copón!
HITLER: Es que... no hay nadie conectado... ¿Te animas a echar un NBA? 
ROOSEVELT: Pooooh claro, calamar. 
HITLER: ¡Pero no se lo digas a estos! 
ROOSEVELT: ¿No leh gusta er balonseto? 
HITLER: Dicen que es perverso, fruto de las decadencia democrática.  
ROOSEVELT (el acento andaluz se exfuma): ¡Y eso que no permitimos jugar a los negros!
HITLER: ¿Te imaginas? 
ROOSEVELT: Ja, ja, ja... 
HITLER: Ji, ji, ji... (risa más pícara)
Entre el cachondeo seleccionan a los equipos. Hitler elige a los Maveriks y Roosevelt a los Knicks, con la equipación retro de la primera guerra mundial. 

Último cuarto. Hitler va dos abajo, pero tiene el balón. Faltan cinco segundos. Se la pasa a Dirk Nowitzki Senior. Cuatro segundos. Se coloca en el perímetro. Dos segúndos. Logra tirar de tres... Va bien, ¡va muy bien!

HITLER: ¡Vamos! ¡Vamoooooo...
¡BOOOOOM! Una bomba cae en Berlín. Los ingleses están atacando. 

ERROR DE CONEXIÓN

HITLER: ¡Puta guerra! 

martes, 24 de marzo de 2015

Me encanta Haruki Murakami

 –Me encanta Haruki Murakami. – grité en medio de aquel café librería.



Es mi técnica para ligar. Nadie ha llamado a la policía, como la última vez. De momento. 

El reclamo funciona. Se llama Anna, pronunciado an-nah. Me invita a comer sushi. Acepto. Detesto el sushi en acto, pero no en potencia. El paso de acto a potencia es tan sencillo como el paso de “Anna acto” al de Anna y yo a plena potencia. Contemplando esa posibilidad -antes de acudir a la cita- pego sobre mi cama un póster bien grande de Charles Chaplin. Imposible fracasar.

Con “ a Murakami no le dan el Nobel porque es chino” creé el momento más tenso de la noche. Pero aprendo rápido, y dejo “el sashimi me gusta bien pasado” para la intima relación cocinero-cliente. Son las doce, y hacemos el acto con potencia. Sudamos wassabi, entre besos de anisakis, bajo la supervisión atenta de un descolorido judío mudo.

Desperté y ya no estaba. Mientras vomito salsa de soja y dos litros de saque, lo tengo claro: la amo. Por ello me propongo no contarle nunca la verdad. Debo documentarme de inmediato, crear mi personaje a la perfección y conseguir una caja de Álmax.

Superada la acidez, lo más inmediato es la apariencia cotidiana. Compro un termo y me dedico a caminar muy rápido, sujetándolo y mostrándolo en los límites de la hipérbole. Paradita. Sorbo. Resoplo. Carrera. Escribo un twit -"Hola, soy nuevo. Cómo va esto??"-. Sorbo de nuevo. Amo su asa de goma, su cuerpo plateado, babeo su tapa. Está vacío, claro. Si me tomara esa cantidad de café es probable que acabara inconsciente en un after de travelos. Y me gusta estar en plenas facultades cuando voy ese tipo de sitios.

En una tienda de segunda mano, pillo todos los DVD de Dragon Ball. Poco a poco me siento más cercano al imaginario de Murakami. Y siempre quise tener la saga del vigésimo primer torneo de artes marciales, momento que Toriyama -de este chino controlo bastante más- jamás igualará en frescura.

Empiezo a leer un libro de Haruki en la biblioteca. Qué coñazo. ¡Menos mal que tengo mi termo! ¿Por qué cuatro canguros? ¡¿POR QUÉ?! Calma... Tanta cafeína imaginaria te ha puesto nervioso... Quizá no lo entiendas porque eres un puto burro que sólo lee el Facebook. Ni siquiera Twitter, que abriste uno y ni zorra ni lo usas... ¿Por qué 140 caracteres? ¡¿POR QUÉ?!



Entre temblores salgo de la biblioteca. Minutos después estoy frente a la tele, creando -de forma inconsciente- grandes falos en Minecraft. Hoy no me divierte. Espera, espera... ¿Y si Minecraft nunca fue divertido? ¡Oh, Dios! ¡Mi mundo entero se desmorona!

Con mis últimos dos euros compro una bolsa de picoteo en el chino de mi barrio - otro chino más y juro que... - y camino por el parque, poniendo mi cara más zen. Tres cuervos me arrebatan la merienda, graznando:

¡Doritos!
¡Doritos!
¡Doritos!

Antes de que pudiera decir “cool cream cheese”, terminaron con todo y vinieron a por mi. El pico negro de uno de ellos me arranca parte de mi amada oreja izquierda. Sangro. Mucho. No puedo morir aquí, sucumbiendo ante alimañas por defender un snack tex-mex.

– ¡Nevermore! ¡Nevermore! ¡Nevermore!

¿Qué demonios? Un anciano con mochila logra ahuyentarlos, pronunciando muy mal el inglés.

– Recuerda, la depresión se cura en Amazon. – Y al terminar la frase, se pierde entre la niebla. (Sí, había niebla).

De esto ya hace cinco meses. Echando la vista atrás, todo parece menos duro. Gracias a ella, ahora soy poeta y community manager. Nos va tan bien que sólo nos alimentamos de comida exótica. Poco a poco me ha contagiado su vitalidad creativa. Ya no finjo, y a penas le guardo secretos. De echo, sólo hay un rincón de mi -nuestra, se instaló aquí ayer- casa que le he prohibido: el baúl violeta. Dentro, una caja de cartón marrón, el recibo paypall y la versión hentai de Kafka en la Orilla.


EDITO: Hoy me he tatuado una estrella como la de Anna. Tiene dos, una para nunca olvidar a su padre y otra para recordar lo que le gusta el tabulé. La mía es en honor de Sakura y Saeki, desnudas en la biblioteca de Takamatsu mientras Oshima las mira... ¡Adoro a Haruki Murakami!